Dejar de Pecar…Vrs. Dejar de Pecar


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No es mi intención confundirte con un malicioso juego de frases, sino compartir contigo este juego de ideas que me dejan mucha enseñanza en cuanto a lo que el verdadero Cristianismo podría ser. Este día, como en los anteriores, escribo, sin la intención de aparentar que no soy  pecador. Lo soy…y genuino. 

La mayoría de creyentes (observo), caemos en la trampa de llegar a asumir que luego de nuestra genuina conversión (o más bien, de nuestro genuino arrepentimiento), lo que Dios anhela es que dejemos de pecar…y…¡claro que Dios anhela que la creación viva apartada de toda sombra de pecado…pero una cosa es concentrarnos en “lo que hacemos”, y otra muy distinta es concentrarnos en “quienes somos interiormente”. No intento reinventar la rueda con esto, pero sígueme por unos segundos.

Si un creyente vive concentrado en cómo luce su conducta por fuera, lo más importante en su vida será cesar de hacer algo que se considera pecado…y eso no es más que eso: un simple y vacío “dejar de hacerlo”, sin una genuina reformación y restauración de su interior en la que, por gracia y obra del Espíritu de Dios, dicho interior (su alma, su corazón…su mente, si lo quieres) llega a ser como el interior del mismísimo Jesucristo.

Ese primer escenario es el producto de un vacío “externalismo”, el cuál tiene entre sus principales aliados al legalismo y la religiosidad, que no son más que un maquillaje ante los demás,  y que  busca la aprobación de aquellos mismos, antes de la de Dios. Se caracteriza por un increíble énfasis en reglas (salidas de donde nadie sabe) que determinan la forma de vestirnos, de hablar, y similares. Todo eso no pasa de ser un simple y muerto “abstenerse de pecar”.

El segundo escenario es muy diferente a aquel primero. Es una genuina transformación. Allí no hay engaño…allí no hay imitaciones…allí no hay falsificaciones…sino que lo que todos ven por fuera en quienes viven así, es el resultado de una real transformación del corazón, el cuál, a más de estar muy bien informado sobre lo que agrada y desagrada a Dios, tiene como anhelo máximo ser como su Jesucristo, y no solamente “dejar de hace ciertas cosas”.

Lo primero es débil y temporal… lo segundo es fuerte y permanente.

En el primero “se deja de pecar” cosméticamente, solo con la intención de lucir religiosa y socialmente aceptables…en el segundo “se deja de pecar” porque es  el resultado natural de una vida rendida a Dios. Se deja de pecar genuinamente, porque allí, en las profundas fibras del corazón, yace el ferviente anhelo de ser como Jesús.

El primero es una transformación de la carne producido por la carne para la gloria de la carne. El segundo es una transformación del espíritu, causada por el Espíritu, para la gloria del Padre.

Dejar de Pecar…versus… Dejar de Pecar.

Dos frases que se escriben igual, pero que, en cuestiones de un genuino Cristianismo,  y dependiendo de donde provengan, significan dos cosas completamente distintas.

¡Ten un gran día hoy!

n.r.

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